Antes del abuso… hay permiso.
- Nikola Tesla

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Actualizado: hace 20 minutos
Se suele asumir — con una ingenuidad que rara vez se reconoce— que la relación entre quien guía y quien sigue está mediada por la claridad, por la observación, por una especie de contrato implícito donde el subordinado identifica virtudes reales, las contrasta con hechos y, solo entonces, decide a quién otorgar su confianza.
Esa es la versión que sostiene la tranquilidad del sistema.
La idea de que el reconocimiento es un acto consciente, de que el respeto nace de la evidencia y no de la necesidad, de que la autoridad se construye desde la coherencia y no desde la apariencia.
Pero basta con observar con un poco más de rigor —no desde lo que se dice, sino desde lo que efectivamente ocurre— para notar que esa estructura se sostiene más en una ilusión compartida que en un proceso real de evaluación.
Porque el subordinado no llega frente a la figura de autoridad como un observador neutral. Llega ya cargado.
Cargado de aspiraciones no resueltas, de carencias que no ha sabido nombrar, de una necesidad profunda —aunque muchas veces inconsciente— de encontrar dirección, certeza, validación.
Y desde ahí, mira.
No desde la claridad… sino desde la necesidad.
Marx menciona: no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.
Es decir, el pensamiento no surge como una elección pura, sino como resultado de una estructura previa que lo condiciona.
Esto tiene una consecuencia directa, aunque incómoda: el individuo no admira desde lo que es, admira desde lo que necesita.
Y cuando la necesidad es suficientemente fuerte, la exigencia disminuye.
No se busca verdad. Se busca resolución.
Freud lleva esto aún más lejos al señalar que el sujeto no se relaciona con el otro tal como es, sino como una proyección de sus propios conflictos, deseos y vacíos.
El otro deja de ser un individuo.
Se convierte en un soporte.
Un soporte donde el subordinado deposita aquello que no ha podido construir por sí mismo: seguridad, control, dirección, pertenencia.
En ese punto, la figura de autoridad deja de ser evaluada.
Empieza a ser necesaria.
Y cuando algo se vuelve necesario, deja de cuestionarse.
Aquí aparece un tipo de individuo que no suele ser analizado con suficiente precisión.
No es necesariamente el más preparado. No es necesariamente el más capaz. Ni siquiera el más consistente. Pero sí es el que entiende — aunque sea de forma intuitiva — cómo operar dentro de esa necesidad ajena. El que aprende a ocupar el lugar simbólico antes de haber construido el fondo que debería sostenerlo.
El que cuida la forma, el tono, la presencia, la narrativa.
El que sugiere acceso a algo que no es evidente. El que no afirma demasiado… pero tampoco permite ser verificado.
No construye autoridad. La escenifica.
Jung lo explica desde otro ángulo: el arquetipo se activa antes que la razón.
El individuo no responde primero a los hechos, sino a la imagen que encarna algo familiar y poderoso dentro de su psique.
La figura del que “sabe”.
Del que “domina”.
Del que parece tener acceso a un nivel distinto.
Y cuando ese arquetipo se activa, el juicio pierde precisión. No desaparece, pero se vuelve secundario. Porque lo que está en juego no es la verdad, sino la coherencia de la imagen interna que el sujeto necesita sostener.
En ese punto, la relación ya no es horizontal ni evaluativa.
Es dependiente.
El subordinado no analiza. Protege.
Justifica lo que no encaja.
Minimiza lo que contradice.
Reinterpreta lo evidente para que no rompa la imagen que lo sostiene.
No porque sea ingenuo. Sino porque romper la imagen implica algo más profundo:
romper la necesidad que lo llevó a construirla.
Aquí es donde la institución entra en un terreno delicado.
Porque una institución no se degrada únicamente por ataques externos ni por errores visibles. Se degrada —muchas veces de forma silenciosa— cuando permite que dentro de su estructura operen individuos que han aprendido a sustituir fondo por forma, coherencia por narrativa, trabajo real por representación.
No lo hacen necesariamente desde una intención consciente de destrucción.
Lo hacen porque pueden. Porque encuentran un entorno donde la exigencia no es suficiente, donde el nivel no está claramente delimitado, donde la forma puede pasar por fondo durante el tiempo necesario para consolidar una posición.
Lenin advertía que una organización que no cuida la calidad de sus operadores termina reproduciendo sus desviaciones como norma.
No de forma abrupta, sino progresiva.
Primero se tolera una inconsistencia menor.
Después se justifica en nombre de la estabilidad.
Luego se integra como parte del funcionamiento cotidiano.
Y cuando se quiere corregir, ya no es un caso. Es una cultura.
Lo más complejo es que este tipo de perfil rara vez se presenta como un elemento disruptivo.
No confronta.
No rompe abiertamente.
No se coloca en oposición.
Se integra.
Aprende el lenguaje, adopta los códigos, reproduce la forma externa.
Pero internamente opera desde otra lógica.
No construye estructura. Extrae de ella.
Y lo hace donde la estructura es más vulnerable:en los niveles donde el criterio aún no ha sido formado. Ahí es donde el subordinado se convierte, sin saberlo, en parte del mecanismo. No porque quiera serlo. Sino porque no ha desarrollado todavía la capacidad de ver sin proyectar, de observar sin necesidad de creer, de sostener la duda sin llenarla inmediatamente con una imagen que le devuelva tranquilidad.
Y en esa falta de claridad, cualquier figura que ofrezca dirección —aunque sea aparente— se vuelve suficiente.
El problema no es que existan individuos capaces de aprovecharse.
Eso ha existido siempre.
El problema es que exista un entorno donde eso pueda ocurrir sin ser detectado a tiempo, sin ser contenido, sin ser corregido con la firmeza necesaria para preservar la estructura.
Porque cuando la estructura no interviene, el mensaje que se transmite no es neutral.
Es claro:
Lo que no se corrige… se permite.
Y lo que se permite… se repite.
Romper este ciclo no es un acto de indignación ni de reacción.
No se resuelve con discursos, ni con llamados a la conciencia, ni con apelaciones a la buena voluntad.
Se resuelve en dos niveles que rara vez coinciden.
El primero es interno.
El subordinado debe desarrollar algo que no se puede imponer desde fuera:
La capacidad de ver sin necesidad de creer.
De observar sin proyectar.
De sostener la incomodidad de no entender completamente.
De no llenar los vacíos con figuras que prometen resolverlos.
Es un proceso lento, incómodo, y profundamente individual. Porque implica renunciar a una de las formas más sutiles de seguridad: la ilusión de que alguien más ya tiene la respuesta.
El segundo es estructural.
La institución debe asumir, sin ambigüedad, que no todo el que entra está en condiciones de permanecer. No por exclusión arbitraria, sino por coherencia interna.
Porque una estructura que no regula el nivel de quienes operan dentro de ella, termina siendo definida por aquellos que mejor saben adaptarse… no por aquellos que sostienen su sentido.
Spinoza decía que entender la causa de algo no solo lo explica, sino que amplía la capacidad de actuar sobre ello.
Aquí la causa no es únicamente el individuo que engaña.
Es la relación entre:
una necesidad no observada
una proyección no cuestionada
una estructura que no interviene a tiempo
Mientras esa relación permanezca intacta, el fenómeno no desaparecerá.
Cambiará de rostro, de nombre, de contexto.
Pero seguirá operando.
Algunos comienzan a ver esto. Menos aún logran sostenerlo sin regresar rápidamente a una explicación más cómoda.
Porque al final, lo que está en juego no es solo la claridad sobre el otro.
Es la claridad sobre uno mismo.
Y eso, casi siempre, es más difícil de sostener.
Porque cuando la imagen cae, no solo cae el que la sostenía.
Cae también la necesidad que la construyó.
Y en ese punto, la pregunta ya no es quién engañó. Es por qué se necesitó creer.
Y no todos están dispuestos a quedarse ahí.





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