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Los que no estuvieron ahí.

Hay seres que pasan años hablando de una obra que en realidad nunca conocieron por dentro. La observaron un tiempo. Estuvieron cerca en ciertos momentos. Aprendieron algunas palabras, ciertas formas, algunos símbolos, quizá incluso alcanzaron a mirar fragmentos importantes del trabajo. Pero no permanecieron lo suficiente para comprender cómo se construía realmente aquello que después intentaron explicar, juzgar o corregir desde fuera.


El problema real no es que se hayan ido. Toda obra humana pasa por ausencias. La vida material existe. El trabajo, la familia, el cansancio, los errores personales, las contradicciones internas… todo eso pesa. Lo delicado empieza cuando alguien se aleja y, desde esa distancia, comienza a creer que comprende aquello que dejó de vivir hace años. La ausencia no solo separa físicamente. También altera la percepción. Lo que antes se veía como disciplina empieza a parecer rigidez. Lo que antes se entendía como conducción empieza a interpretarse como control. Lo que antes se aceptaba como aprendizaje gradual comienza a parecer exclusión.


Marx y Engels plantearon en La ideología alemana que el hombre no piensa desde el vacío; su conciencia se forma dentro de sus condiciones reales de vida, de su trabajo, de sus relaciones y del lugar que ocupa dentro del mundo material.

Y aunque muchos reducen esa idea solamente a economía o política, el principio es más profundo. El hombre piensa según el lugar desde el que participa en la realidad. No comprende igual quien carga el peso diario de una construcción que quien la mira ocasionalmente desde fuera. No entiende igual el que permanece resolviendo problemas concretos que el que aparece únicamente cuando hay reconocimiento visible, ceremonias importantes o momentos de prestigio.


Eso pasa en familias, empresas, grupos políticos, escuelas y también en cualquier institución que aspire a construir algo más grande que los individuos que la integran.


Hay cosas que no solo se aprenden leyendo, y la masonería, en definitiva, es una de ellas.


Este hecho puede incomodar a muchos, porque vivimos en una época obsesionada con creer que toda comprensión puede descargarse rápidamente, resumirse en frases o consumirse como entretenimiento intelectual. Pero las estructuras serias nunca funcionaron así. El conocimiento profundo casi siempre se transmitió por convivencia prolongada, observación, obediencia, corrección constante y permanencia. Aristóteles no formaba hombres solamente dando discursos; los formaba caminando con ellos durante años. Los gremios medievales no entregaban herramientas importantes a cualquiera que llegara entusiasmado un par de semanas. El aprendiz debía permanecer, equivocarse, cansarse, observar y demostrar que era responsable antes de aspirar a hablar sobre el oficio.


Hoy muchos quieren heredar sin someterse al proceso.


Y cuando descubren que otros miembros comprenden más, suelen interpretar esa diferencia como favoritismo, elitismo o manipulación. Pero esa diferencia no siempre nace de estar más cerca físicamente ni de pasar más horas junto a una autoridad. Hay quien comprende pronto porque tiene criterio, inteligencia, sensibilidad práctica y capacidad real de observación. Y hay quien puede estar años pegado al centro de la obra sin entender nada, porque solo mira la forma, busca lugar, espera reconocimiento o confunde cercanía con derecho. La permanencia importa, sí, pero solo cuando viene acompañada de atención, humildad, disciplina y sentido común. Estar ahí no basta. Hay que saber mirar.


Porque sí existe una diferencia enorme entre conocer algo por referencias y haberlo vivido desde dentro.


Lacan, en su lectura del deseo y del sujeto dividido, plantea que muchas veces el hombre no desea desde una claridad propia, sino desde la mirada del Otro, desde aquello que cree que le falta porque otro parece tenerlo.

En esa lógica, el resentimiento no nace solamente de una injusticia real, sino de una comparación mal digerida. El individuo ve que otro recibió atención, transmisión, confianza o lugar, y en vez de preguntarse qué proceso produjo esa diferencia, convierte al otro en culpable de su propia carencia. No odia únicamente lo que el otro tiene; odia que su presencia le recuerde lo que él no desarrolló, no cuidó o no supo recibir.


Por eso el relato de Caín y Abel es mucho más profundo de lo que suele enseñarse en algunos lugares.


Caín no es solamente “el malo”. Ese análisis infantil no alcanza para explicar la fuerza simbólica del relato. Lo importante es preguntarse por qué Abel representaba algo tan insoportable para él. Y la respuesta probablemente está en la cercanía. Mientras Caín enfrentaba el exterior, Abel permanecía junto al padre. Uno aprendía sobreviviendo afuera. El otro absorbía directamente formas, lenguaje, criterio, liderazgo y maneras de transmitir el conocimiento. No era solamente afecto. Era legado.


Hay hombres capaces de soportar pobreza, esfuerzo y cansancio. Lo que no soportan es descubrir que otros heredaron una comprensión que ellos ya no alcanzaron a recibir.


Entonces aparece algo peligroso: el deseo de destruir aquello mismo que todavía podía enseñarles algo. Destruir siempre es más fácil que aceptar humildemente que uno se alejó demasiado de la obra.


Eso explica por qué ciertos individuos hablan constantemente de igualdad mientras rechazan cualquier forma de jerarquía que no puedan controlar personalmente. No les molesta la autoridad en sí misma. Les molesta no ocupar ellos el centro de la autoridad. Y ahí aparece Coré.


Coré aparece en el libro de Números como uno de los hombres que se levantan contra Moisés en una disputa por autoridad. Su argumento parecía noble: cuestionaba por qué Moisés y Aarón ocupaban un lugar superior si toda la comunidad era santa. Pero ahí estaba la trampa. No estaba defendiendo realmente al pueblo; estaba usando al pueblo para disputar conducción. Esa es una forma vieja de ambición: hablar en nombre de todos cuando en el fondo se busca lugar para uno mismo.


Coré no entendió algo fundamental: una estructura no sobrevive si cada integrante decide interpretar el orden únicamente desde su inconformidad personal. Moisés, según los textos, no era simplemente “un líder privilegiado”. Representaba continuidad de dirección dentro de un pueblo que todavía ni siquiera sabía gobernarse a sí mismo. Pero Coré interpreta la existencia de conducción como injusticia. Se convence de que el problema no es su incapacidad para comprender el proceso, sino el hecho de que otro conduzca.


Eso sigue ocurriendo hoy.


Hay hombres que aparecen poco, participan poco, cargan poco, permanecen poco… pero opinan sobre absolutamente todo. Hablan con enorme seguridad de procesos que apenas conocieron por fragmentos. Desprecian la disciplina cotidiana porque solamente valoran lo visible. Quieren voz equivalente sin responsabilidad equivalente. Piden acceso inmediato a decisiones complejas sin haber demostrado estabilidad para cargar siquiera tareas menores de forma constante.


Y cuando el sistema no gira alrededor de ellos, concluyen que el problema está en la estructura.


José Ingenieros, en El hombre mediocre, describe al mediocre no simplemente como alguien con poca capacidad intelectual, sino como el hombre incapaz de soportar la existencia de algo superior a sí mismo.

Por eso necesita rebajarlo, ridiculizarlo o destruirlo. Porque reconocerlo implicaría aceptar una insuficiencia propia.


Eso ocurre también con quienes se acercan a una obra buscando solamente reconocimiento personal. Mientras sienten que la estructura alimenta su identidad, permanecen cerca. Pero cuando descubren que la obra requiere obediencia, paciencia, trabajo silencioso y subordinación temporal del ego, comienzan a distanciarse emocionalmente. Y desde ahí aparece la crítica.


Una crítica curiosa, además.


Porque casi siempre surge desde quienes menos conocen el trabajo real.


Son los que hablan de “libertad” cuando en realidad quieren evitar disciplina. Los que llaman “autenticidad” a no aceptar corrección. Los que hablan de “horizontalidad” cuando en realidad rechazan cualquier jerarquía donde ellos no ocupen la posición superior. Los que exigen acceso inmediato al conocimiento mientras desprecian los procesos que históricamente permitieron transmitirlo sin deformarlo.


Y sí, existe una enorme diferencia entre usar el conocimiento para fortalecer una obra común y usarlo para beneficio personal.


Ahí hay otro conflicto histórico que muchas personas no alcanzan a ver completamente. Hay formas de organización donde los recursos, la información y las capacidades terminan concentrándose para comodidad de pocos. Y hay otras donde esos recursos se administran buscando continuidad, fortalecimiento colectivo y transmisión hacia futuras generaciones. Ambos modelos existen dentro del mismo mundo material. La diferencia real no está en el dinero solamente. Está en la intención que organiza el uso de los medios.


El hombre que quiere el conocimiento solo para distinguirse termina aislándolo. Lo convierte en propiedad privada. En símbolo de superioridad. En herramienta para alimentar su ego.


El hombre que realmente comprende una obra entiende otra cosa: que el conocimiento importante debe custodiarse, organizarse y transmitirse correctamente para que no se deforme ni se convierta en mercancía emocional para curiosos pasajeros.


Por eso la obediencia existe desde hace miles de años en cualquier estructura seria.


Y no, obedecer no significa anular el pensamiento. Esa es una simplificación moderna bastante infantil. Spinoza entendía que la verdadera libertad no consistía en hacer cualquier cosa impulsivamente, sino en comprender las causas que organizan la realidad y actuar racionalmente dentro de ellas. El hombre incapaz de obedecer procesos antes de pretender dirigirlos suele terminar destruyendo aquello que todavía no comprende. Primero se aprende a seguir una línea antes de pretender conducirla.


Rómulo y Remo muestran exactamente eso.


Dos hombres frente a una obra mayor que ellos mismos. Uno comprende que la ciudad debe sobrevivir incluso por encima del orgullo individual. El otro convierte la disputa personal en ruptura del proyecto común. Y desde entonces la historia humana repite el mismo patrón: individuos incapaces de subordinar su necesidad de reconocimiento a la continuidad de aquello que dicen amar.


Lo más peligroso es que muchos de ellos ni siquiera son plenamente conscientes de ello.


Krishnamurti trabajó con insistencia la idea del autoengaño como una de las trampas más finas del ser humano.

El individuo rara vez admite abiertamente: “quiero destruir porque me siento desplazado”. Normalmente construye discursos morales para justificarlo. Habla de justicia, igualdad, apertura, transparencia o libertad. Pero debajo de todo eso muchas veces existe algo más simple: resentimiento por no haber heredado aquello que otros sí recibieron permaneciendo cerca de la obra.


Y eso también explica por qué algunos hombres jamás logran comprender ciertas estructuras. No porque sean incapaces intelectualmente, sino porque nunca aceptaron el lugar necesario para aprender dentro de ellas.


Hay aprendizajes que solo aparecen cuando el ego deja de exigir protagonismo inmediato.


Hay cosas que únicamente entiende quien permaneció años observando cómo una autoridad resolvía problemas reales, cómo se protegía el cuerpo completo antes que el orgullo individual, cómo se administraban recursos escasos pensando en continuidad y no en aplausos inmediatos.


Por eso no todos están hechos para heredar una obra.


Y eso nunca se descubre al principio.


Algunos parecen brillantes al inicio y desaparecen apenas la realidad deja de girar alrededor de ellos. Otros parecen silenciosos, lentos o poco visibles, y terminan comprendiendo el peso del trabajo porque permanecen cuando ya no hay aplauso. Y existe un tercer tipo, más difícil de leer: el que resulta disruptivo desde el principio, el que trae ideas peligrosas para la tranquilidad de las figuras de autoridad, el que parece demasiado crítico, demasiado intenso o demasiado dispuesto a mover lo que otros prefieren dejar intacto. Ese hombre puede parecer amenaza, pero el tiempo lo distingue. Si su crítica nace del estudio, si sus ideas se prueban con hechos, si no huye cuando llega el costo, si no usa la inconformidad para destruir sino para corregir, entonces no estaba rompiendo la obra: estaba empujándola a volverse más seria.


La clave es esta: no toda crítica es traición. No toda incomodidad es desorden. No toda idea peligrosa nace del ego.


El criterio es el resultado.


Si produce obra, corrige y permanece, era fuerza.Si solo divide, acusa y desaparece, era resentimiento.


El tiempo siempre separa al turista del hombre comprometido.


Y quizá por eso hay tanta diferencia entre quien habla desde dentro de una construcción que ayudó a cargar durante años y quien habla desde la distancia creyendo que unas cuantas experiencias aisladas bastan para comprender aquello que nunca alcanzó a ver desarrollarse en su totalidad.


Porque quien no estuvo cerca de la obra no debería apresurarse a explicar lo que nunca vio nacer.

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Masónes, Guadalajara, Jalisco Mexico

Gran Logia Masónica Nikola Tesla

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