El refugio de lo oculto
Actualizado: 19 ago
Hay momentos en que una explicación nos puede gustar demasiado.
Nos gusta porque es congruente con lo que sentimos, porque le pone nombre a algo que no entendemos o porque hace que un tema difícil parezca más sencillo de lo que realmente es. Y cuando una explicación logra eso, dejamos de preguntarnos si es cierta; ya no la cuestionamos, encaja perfecto con nuestra realidad actual. Empieza a bastar con que nos haga sentido y nos sea sencillo de entender.
Ahí comienza un problema serio.
Ciertamente, una idea puede ayudarnos a mirar mejor nuestra realidad, pero también puede servir para escondernos de ella. Puede convertirse en una forma elegante de justificar lo que hacemos, de explicar nuestros errores o de evitar aquello que, sepamos o no, tendremos que corregir tarde o temprano si elegimos ese camino.
Y eso no ocurre sólo con personas ingenuas. Le puede pasar a cualquiera que prefiera una respuesta rápida, fácil y cómoda antes que una verdad que confronte sus creencias con su realidad.
Las creencias tienen una propiedad extraña: pueden estar equivocadas y aun así producir consecuencias perfectamente reales. Mientras permanecen en la cabeza de una persona, el daño suele ser limitado. La situación cambia cuando encuentran comunidad, disciplina, recursos y alguien capaz de convertirlas en decisiones. Entonces entran en la educación, en las leyes, en la administración del poder y terminan afectando incluso a quienes jamás compartieron aquella creencia.
Hong Xiuquan, en la China del siglo XIX, llegó a considerarse hermano menor de Jesucristo y portador de una misión destinada a transformar el país. Su idea apareció en una China que ya tenía problemas graves: pobreza en el campo, conflictos políticos, rechazo hacia la dinastía Qing y grandes grupos viviendo en condiciones muy difíciles. Aquella interpretación religiosa consiguió darle sentido y dirección a parte de ese malestar. A esa experiencia personal acabaron sumándose seguidores, territorio, ejército y gobierno. La Rebelión Taiping duró años y dejó una devastación enorme. Su creencia no explica por sí sola aquel desastre, pero sí ayudó a darle forma y dirección.
El mundo mexica muestra otra variante. Allí la sangre y el sacrificio estaban insertos dentro de una concepción religiosa mucho más antigua, relacionada con el sostenimiento del orden cósmico y la correspondencia debida a los dioses. Los cautivos de guerra tuvieron un lugar importante dentro de esas prácticas, junto con otras formas de sacrificio y autosacrificio. Quedarse con la imagen fácil del “pueblo sanguinario” impide ver algo bastante más interesante. Aquella forma de entender el mundo no estaba separada de la guerra ni del poder. Había cautivos, pueblos sometidos y hombres que ganaban reconocimiento por sus victorias. Lo sagrado no estaba flotando por encima de la política; vivía dentro de ella. La necesidad se explicaba desde el cosmos, pero se resolvía sobre cuerpos humanos y dentro de relaciones muy concretas de poder.
El nazismo trabajó con materiales distintos. Habló de raza, pureza, degeneración y destino histórico, apoyándose en una pseudociencia que terminó incorporada a leyes y procedimientos administrativos. La exclusión dejó de ser únicamente prejuicio cuando se convirtió en norma jurídica, enseñanza oficial y política de Estado. En 1935, las Leyes de Núremberg incluso definieron jurídicamente a los judíos mediante criterios raciales. Una parte considerable de aquella violencia pasó después por oficinas, expedientes y funcionarios que podían terminar la jornada y volver a casa.
Nietzsche escribió en Humano, demasiado humano: “Las convicciones son enemigos de la verdad más peligrosos que las mentiras.”
Hay algo revelador en esa frase. Una idea muy arraigada puede acabar protegiéndose de todo aquello que debería corregirla. La objeción se vuelve ataque; una fuente contraria se considera sospechosa; quien cuestiona pasa rápidamente a ser alguien que no entiende todavía. Llega un momento en que ya no importa comprobar si la idea es cierta. Lo importante es defenderla.
Freud observó otro mecanismo en Psicología de las masas y análisis del yo. En una de sus formulaciones señala:
“el individuo renuncia a su ideal del Yo, trocándolo por el ideal de la masa, encarnado en el caudillo.”
Su lenguaje pertenece a 1921, pero la situación resulta reconocible. Una idea puede comenzar como una explicación y terminar formando parte de quienes somos. Entonces cambiar de opinión ya no significa sólo aceptar un error. También puede significar perder amigos, prestigio, posición o años de historia compartida.
En una organización pequeña basta con observar qué ocurre cuando alguien cuestiona algo que lleva mucho tiempo repitiéndose. La conversación puede abandonar muy rápido el argumento para concentrarse en quien hizo la pregunta: qué intención tiene, cuánto sabe, si cuenta con experiencia suficiente. De esa forma, algunas ideas adquieren protección sin necesidad de prohibiciones. Basta con que cuestionarlas tenga un costo.
El problema crece cuando la vida empieza a empeorar. El dinero alcanza menos, el trabajo da menos seguridad y el futuro comienza a verse peor que el presente. Esas también son condiciones materiales.
Una sociedad puede convivir durante mucho tiempo con sus religiones, sus símbolos y sus relatos mientras las instituciones todavía resuelven una parte suficiente de la vida cotidiana. El trabajo guarda alguna relación reconocible con la recompensa, existe una expectativa de futuro y la realidad no contradice todos los días el discurso con el que el sistema se explica.
Cuando esa correspondencia se rompe, cambian también las explicaciones. Se trabaja más y alcanza menos. Los hijos empiezan a sospechar que vivirán peor que sus padres. Hay presupuestos, informes y funcionarios diciendo que las cosas funcionan mientras la experiencia cotidiana dice otra cosa. Una crisis económica empieza entonces a narrarse como decadencia moral; el desgaste institucional encuentra traidores; problemas construidos durante décadas terminan depositados sobre un grupo al que puede señalarse.
Marx obliga a bajar la mirada justo en ese momento. En la introducción a su crítica de la filosofía del derecho de Hegel escribió:
“El hombre hace la religión, y no ya, la religión hace al hombre.”
Ese hombre tiene salario, posición social, obligaciones, relaciones de poder y una historia que empezó antes que él. También sus creencias se forman dentro de esas condiciones.
Entonces, ¿qué estaba pasando para que esa explicación pareciera cierta? ¿Qué problema estaba viviendo esa gente? ¿Quién se beneficia mientras todos miran hacia otro lado?
Es mucho más fácil culpar a una persona o a un grupo que entender un problema construido durante veinte años. El primero puede tener nombre y rostro; el segundo requiere paciencia, datos y una revisión bastante menos satisfactoria.
Y esto mismo puede pasar dentro de una sola persona. Basta una persona incómoda con su propia realidad para que casi de inmediato busque una explicación que le ofrezca algo más atractivo a su existencia.
Por ejemplo: un aprendiz entrega a su maestro un escrito de dos páginas sobre “el significado de” para que lo revise. El maestro lo regresa con observaciones. Las referencias no corresponden a lo escrito, el concepto principal está fuera de contexto y la conclusión que parecía muy buena se armó rápido y es fácilmente rebatible. Es necesario regresar y leer con más atención, leer veinte o treinta páginas más para comprender y corregir tres líneas medulares. Una tarde quizá puede irse en esa tarea.

Días después aparece en redes un video de dos minutos sobre “el verdadero significado de”. Y sí, es justo el mismo aprendiz al que se le invitó a reescribir su texto por falta de elementos. Ahora, en el video, pareciera que todo viene resuelto para el ojo no entrenado. Hay conclusiones temerarias y muy debatibles: el símbolo significa esto, conduce a aquello. Evidentemente, esto deja al desnudo algo muy penoso. Ahí se entiende parte del problema: un Maestro devuelve al trabajo y una red social entrega de inmediato la sensación de haber llegado a la meta.
Los comentarios y reproducciones son justamente el canto de las sirenas.
A esto hay que darle total seriedad. En masonería existe desde hace mucho una expectativa particular. Algunas personas se acercan atraídas primero por tarot, cábala, astrología, alquimia, magia o conocimientos supuestamente reservados. Quieren encontrar algo que no está disponible para todos, una explicación distinta a su vida ordinaria.La cultura popular sobre masonería alimentó esa imagen y también hubo masones encantados de conservarla.
Estudiar esos asuntos puede ser perfectamente serio. La alquimia tiene historia, textos y contextos concretos; el hermetismo también. La cábala exige bastante más que cuatro correspondencias sacadas de una imagen. Jung no empieza ni termina en aprender la palabra “sombra”.
Quien realmente empieza a estudiar estos temas descubre algo menos emocionante: hay libros que leer, autores que se contradicen, traducciones que cambian el sentido y muchas formas de entender mal.
Las redes sociales vuelven muy atractiva la alternativa. Se puede pasar de Nietzsche a Jung, de Jung a tarot y de tarot a una explicación sobre “energía cuántica” en menos tiempo del que tarda una comida. Un buen fragmento puede abrir una pregunta y conducir después hacia un estudio serio. También puede quedarse ahí y producir una sensación de dominio que todavía no existe.
Leer un libro completo trae problemas menos agradables. Aparece el contexto. La cita que parecía definitiva ocupa apenas unas líneas y resulta que el autor dedica cincuenta páginas a complicarla. A veces la frase ni siquiera le pertenece. En otras ocasiones, uno termina la lectura con menos certezas que al principio, algo bastante normal cuando se estudia un asunto que no estaba hecho para resolverse en una tarde.
El vocabulario, en cambio, se aprende rápido. Con unas cuantas palabras —arquetipo, transmutación, voluntad, conciencia, correspondencia— ya puede construirse un discurso que suena formado. Gurdjieff insistió en esa diferencia y Ouspensky la recoge en Fragmentos de una enseñanza desconocida:
“El saber por sí solo no da comprensión.”
Gurdjieff iba más profundo:: no basta saber más. Importa qué clase de hombre se está formando con aquello que sabe.
Alguien puede conocer mucho sobre voluntad y abandonar cada decisión cuando se pone a prueba y empieza a costar. Puede explicar durante años procesos de transformación y reaccionar exactamente igual ante una contradicción sencilla. Puede hablar de dominio propio mientras cualquier provocación cambia su conducta durante el resto del día. El conocimiento existe; queda por ver qué consiguió hacer con quien lo posee.
Hay personas que se van y continúan estudiando por su cuenta. Algunas estudian mejor fuera que dentro y no hay contradicción alguna en ello. Lo delicado aparece cuando se deja precisamente el lugar donde todavía existía corrección y se conserva la seguridad construida durante el periodo anterior.
Antes había alguien enfrente diciendo: vuelve a leerlo, falta fundamento, esa interpretación no se sostiene, hay que hacerlo otra vez.
Después puede haber una audiencia que responde en segundos y un tema nuevo disponible apenas el anterior se vuelve difícil. Nadie obliga ya a permanecer tres meses sobre una misma cuestión. Hoy se habla de alquimia, mañana de Jung y la semana siguiente de símbolos masónicos. El reconocimiento puede llegar mucho antes que la comprensión y, una vez que llega, resulta difícil renunciar a él.
La advertencia más importante está dirigida hacia adentro. Es demasiado sencillo observar a quien salió y concluir que ése es el riesgo. También se puede permanecer veinte años en una institución y abandonar el estudio en el tercero.Después quedan cargos, antigüedad, anécdotas y explicaciones heredadas. Se aprende a moverse perfectamente dentro de la forma mientras el pensamiento dejó de avanzar hace mucho.
Irse no demuestra ignorancia. Quedarse tampoco demuestra comprensión.
Un grado señala un recorrido dentro de una estructura; no vuelve correcta una interpretación. Un cargo otorga una función y una responsabilidad, pero obliga todavía a justificar lo que se afirma. La antigüedad empieza a ser un problema cuando se utiliza para cerrar una discusión que debería resolverse con argumentos.
En ese punto cobra sentido una frase que atraviesa todo este texto:
LA METAFÍSICA PUEDE CONVERTIRSE EN EL REFUGIO PERFECTO DEL HOMBRE QUE NO QUIERE ENFRENTARSE CON SU MATERIA.
La materia no termina en el cuerpo o en el dinero. Está en una deuda que sigue creciendo, en una responsabilidad mal administrada, en el uso que alguien hace de una pequeña cuota de poder, en una promesa que cambia según la conveniencia o en una organización que pierde personas mientras quienes la conducen siguen explicando que el problema siempre viene de afuera.
Un dirigente puede hablar con enorme elegancia de fraternidad y humillar sistemáticamente a quien depende de él. Otro puede disertar sobre disciplina y cambiar sus propios compromisos cada semana. Son contradicciones bastante menos misteriosas que una correspondencia alquímica y, sin embargo, trabajar sobre ellas suele costar mucho más.
De ahí otra idea que conviene conservar: el esoterismo sin exoterismo produce fantasía.
Aquí usamos exoterismo para hablar de algo muy sencillo: el lugar donde una idea tiene que demostrar si realmente funciona. La conducta, el dinero, el trabajo, las decisiones, el uso del poder y los resultados.
Una idea necesita algún lugar donde pueda fallar.
El materialismo dialéctico obliga a quedarse ahí bastante tiempo y empieza haciendo preguntas muy concretas: ¿quién decide?, ¿quién gana?, ¿quién paga?, ¿por qué esto sigue ocurriendo? También mira al individuo dentro del contexto sin convertirlo en alguien incapaz de responder por sus decisiones.
Una organización puede premiar obediencia durante años, castigar toda discrepancia, confundir antigüedad con capacidad y después sorprenderse cuando llega al mando una persona que interpreta cualquier crítica como insubordinación. La conducta de ese dirigente tiene responsabilidad propia, pero la estructura colaboró en producir las condiciones donde pudo prosperar. Si sólo se mira al dirigente, una parte del problema queda intacta dentro de la propia estructura.
Freud vuelve a ser útil desde otra dirección: Los motivos personales aprenden rápido el lenguaje necesario para parecer respetables.
El resentimiento puede presentarse como defensa de la justicia; una enorme necesidad de reconocimiento consigue hablar de servicio y el deseo de controlar a otros encuentra vocabulario suficiente dentro del liderazgo. Con los años, quien construyó esa explicación puede terminar creyéndola de buena fe.
El símbolo tiene una utilidad completamente distinta cuando rompe esa comodidad. Jung entendió que ciertos contenidos no llegan de manera limpia por una explicación racional y que una imagen o un mito pueden poner enfrente algo para lo que todavía no había encontrado palabras. Trabajarlo así exige tolerar que aparezca algo poco agradable. Si el símbolo sólo sirve para confirmar una identidad ya construida —“soy esto”, “represento aquello”, “he alcanzado tal nivel”— termina integrado al decorado y la conducta sigue prácticamente igual.
El Arte Real Masónico tendría que notarse en algo. Después de años de formación alguna capacidad debería funcionar mejor que antes: sostener una decisión cuando deja de entusiasmar, administrar recursos con mayor criterio, escuchar una crítica sin convertirla inmediatamente en agresión, conducir un conflicto sin destruir al otro o reconocer un error antes de que todos tengan que pagar por él.
No se esperan hombres impecables. Sería ridículo. Pero después de diez años cabe mirar algo más que el repertorio de palabras, signos y explicaciones adquiridas. Se puede aprender mucho y seguir siendo prácticamente el mismo hombre.
La apertura a lo trascendente conserva su lugar. Hay preguntas que no sabemos responder y sería extraño pensar que la realidad termina justo donde termina nuestra capacidad actual para medirla. No saber algo no nos da permiso para llenarlo con cualquier respuesta. Esto lo sabemos; esto apenas lo suponemos; esto sigue abierto. Mantener esas tres categorías separadas exige disciplina.
El misterio soporta perfectamente que se le deje sin resolver durante un tiempo. Empieza a deteriorarse cuando se utiliza para proteger una idea de cualquier corrección.
El refugio de lo oculto comienza cuando lo desconocido se utiliza para no enfrentar lo que ya está suficientemente claro. Puede ser un dirigente que utiliza su cargo para alimentar una necesidad personal, alguien que habla de dominio propio mientras no consigue cumplir una obligación sencilla o una organización que lleva años repitiendo las mismas decisiones y ha construido una explicación magnífica para demostrar que el problema siempre está afuera.
Es menos espectacular que un secreto antiguo y bastante más difícil de trabajar.
¿Cuánto de lo oculto se busca realmente para comprender mejor la realidad y cuánto se utiliza para evitar aquello que la realidad lleva tiempo mostrando?






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