El refugio de lo oculto
- MRGM.·. Federico Diaz 33°

- hace 8 horas
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Las creencias tienen una propiedad extraña: pueden estar equivocadas y aun así producir consecuencias perfectamente reales. Mientras permanecen en la cabeza de una persona el daño suele ser limitado. La situación cambia cuando encuentran comunidad, disciplina, recursos y alguien capaz de convertirlas en decisiones. Entonces entran en la educación, en las leyes, en la administración del poder y terminan afectando incluso a quienes jamás compartieron aquella creencia.
Hong Xiuquan, en la China del siglo XIX, llegó a considerarse hermano menor de Jesucristo y portador de una misión destinada a transformar el país. Su convicción encontró una sociedad que ya cargaba tensiones profundas: pobreza rural, conflictos políticos, resentimientos contra la dinastía Qing y grupos enteros viviendo en condiciones bastante precarias. Aquella interpretación religiosa consiguió darle sentido y dirección a parte de ese malestar. A esa experiencia personal acabaron sumándose seguidores, territorio, ejército y gobierno. La Rebelión Taiping duró años y dejó una devastación enorme. La creencia sola no explica ese desastre, pero tampoco puede separarse de la estructura que ayudó a formar.
El mundo mexica muestra otra variante. Allí la sangre y el sacrificio estaban insertos dentro de una concepción religiosa mucho más antigua, relacionada con el sostenimiento del orden cósmico y la correspondencia debida a los dioses. Los cautivos de guerra tuvieron un lugar importante dentro de esas prácticas, junto con otras formas de sacrificio y autosacrificio. Quedarse con la imagen fácil del “pueblo sanguinario” impide ver algo bastante más interesante: aquella cosmología convivía con guerra, prestigio militar, expansión y relaciones de dominio. Lo sagrado no estaba flotando por encima de la política; vivía dentro de ella. La necesidad se explicaba desde el cosmos, pero se resolvía sobre cuerpos humanos y dentro de relaciones muy concretas de poder.
El nazismo trabajó con materiales distintos. Habló de raza, pureza, degeneración y destino histórico, apoyándose en una pseudociencia que terminó incorporada a leyes y procedimientos administrativos. La exclusión dejó de ser únicamente prejuicio cuando se convirtió en norma jurídica, enseñanza oficial y política de Estado. En 1935 las Leyes de Núremberg incluso definieron jurídicamente a los judíos mediante criterios raciales. Una parte considerable de aquella violencia pasó después por oficinas, expedientes y funcionarios que podían terminar la jornada y volver a casa.
Nietzsche escribió en Humano, demasiado humano: “Las convicciones son enemigos de la verdad más peligrosos que las mentiras.”
Hay algo especialmente revelador en esa frase. Una idea muy arraigada puede acabar protegiéndose de todo aquello que debería corregirla. La objeción se vuelve ataque; una fuente contraria se considera sospechosa; quien cuestiona pasa rápidamente a ser alguien que no entiende todavía. En cierto punto, averiguar si la convicción corresponde con la realidad pasa a segundo plano porque toda la energía empieza a utilizarse en conservarla intacta.
Freud observó otro mecanismo en Psicología de las masas y análisis del yo. En una de sus formulaciones señala que..
“el individuo renuncia a su ideal del Yo, trocándolo por el ideal de la masa, encarnado en el caudillo.”
Su lenguaje pertenece a 1921, pero la situación resulta reconocible. Una creencia puede empezar explicando algo y terminar dando pertenencia. A partir de ahí cambiar de idea ya afecta amistades, prestigio, posición y años de vida compartida.
En una organización pequeña basta con observar qué ocurre cuando alguien cuestiona algo que lleva mucho tiempo repitiéndose. La conversación puede abandonar muy rápido el argumento para concentrarse en quien hizo la pregunta: qué intención tiene, cuánto sabe, si cuenta con experiencia suficiente. De esa forma algunas ideas adquieren protección sin necesidad de prohibiciones. Basta con que cuestionarlas tenga un costo.
Ese fenómeno se vuelve todavía más intenso cuando las condiciones materiales empiezan a deteriorarse. Una sociedad puede convivir durante mucho tiempo con sus religiones, sus símbolos y sus relatos mientras las instituciones todavía resuelven una parte suficiente de la vida cotidiana. El trabajo guarda alguna relación reconocible con la recompensa, existe una expectativa de futuro y la realidad no contradice todos los días el discurso con el que el sistema se explica.
Cuando esa correspondencia se rompe, cambian también las explicaciones. Se trabaja más y alcanza menos. Los hijos empiezan a sospechar que vivirán peor que sus padres. Hay presupuestos, informes y funcionarios diciendo que las cosas funcionan mientras la experiencia cotidiana dice otra cosa. Una crisis económica empieza entonces a narrarse como decadencia moral; el desgaste institucional encuentra traidores; problemas construidos durante décadas terminan depositados sobre un grupo al que puede señalarse.
Marx obliga a bajar la mirada justo en ese momento. En la introducción a su crítica de la filosofía del derecho de Hegel escribió:
“El hombre hace la religión, y no ya, la religión hace al hombre.”
Ese hombre tiene salario, posición social, obligaciones, relaciones de poder y una historia que empezó antes que él. También sus creencias se forman dentro de esas condiciones.
Interesa saber qué realidad vuelve atractiva una explicación, qué sufrimiento organiza y qué poder permanece intacto mientras todos discuten otra cosa. Un enemigo visible suele resultar mucho más manejable que una estructura construida durante veinte o treinta años. El primero puede tener nombre y rostro; la segunda exige paciencia, datos y una revisión bastante menos satisfactoria.
Ese mismo desplazamiento puede ocurrir sin una crisis nacional. Basta una persona incómoda con su propia realidad y una explicación que le ofrezca algo más atractivo.
Por ejempo: Una escrito de cuatro páginas vuelve con observaciones. Las referencias no sostienen lo escrito, el concepto principal pertenece a otro contexto y una conclusión que parecía muy buena se armó demasiado rápido. Toca regresar al libro, leer veinte o treinta páginas y corregir tres líneas. Una tarde entera puede irse en eso.

Más tarde aparece en redes un video de dos minutos sobre “el verdadero significado” del mismo símbolo. Y si, es justo la misma persona que se le invito a reescribir su texto por falta de elementos. Todo viene resuelto. El símbolo significa esto, conduce a aquello y revela algo todavía mas penoso. Ahí se entiende parte del problema: una vía devuelve al trabajo y la otra entrega de inmediato la sensación de haber llegado.
Ese es el canto de las sirenas que vale la pena tomar en serio.
En masonería existe desde hace mucho una expectativa particular. Algunas personas se acercan atraídas primero por tarot, cábala, astrología, alquimia, magia o conocimientos supuestamente reservados. Quieren encontrar algo que no está disponible para todos, una explicación distinta a la vida ordinaria. La cultura popular alimentó esa imagen y también hubo masones encantados de conservarla.
Estudiar esos asuntos puede ser perfectamente serio. La alquimia tiene historia, textos y contextos concretos; el hermetismo también. La cábala exige bastante más que cuatro correspondencias sacadas de una imagen. Jung no empieza ni termina en aprender la palabra “sombra”.
Quien entra con cierto rigor descubre pronto que ese supuesto conocimiento oculto tiene bibliografía, traducciones, discusiones históricas y bastante posibilidad de equivocarse.
Las redes sociales vuelven muy atractiva la alternativa. Se puede pasar de Nietzsche a Jung, de Jung a tarot y de tarot a una explicación sobre “energía cuántica” en menos tiempo del que tarda una comida. Un buen fragmento puede abrir una pregunta y conducir después hacia un estudio serio. También puede quedarse ahí y producir una sensación de dominio que todavía no existe.
Leer un libro completo trae problemas menos agradables. Aparece el contexto. La cita que parecía definitiva ocupa apenas unas líneas y resulta que el autor dedica cincuenta páginas a complicarla. A veces la frase ni siquiera le pertenece. En otras ocasiones uno termina la lectura con menos certezas que al principio, algo bastante normal cuando se estudia un asunto que no estaba hecho para resolverse en una tarde.
El vocabulario, en cambio, se aprende rápido. Con unas cuantas palabras —arquetipo, transmutación, voluntad, conciencia, correspondencia— ya puede construirse un discurso que suena formado. Gurdjieff insistió en esa diferencia y Ouspensky la recoge en Fragmentos de una enseñanza desconocida:
“El saber por sí solo no da comprensión.”
En el mismo pasaje relaciona la comprensión con aquello que el hombre ha llegado a ser, no solamente con la cantidad de información que acumuló.
Alguien puede conocer mucho sobre voluntad y abandonar cada decisión cuando se pone a prueba y empieza a costar. Puede explicar durante años procesos de transformación y reaccionar exactamente igual ante una contradicción sencilla. Puede hablar de dominio propio mientras cualquier provocación cambia su conducta durante el resto del día. El conocimiento existe; queda por ver qué consiguió hacer con quien lo posee.
Hay personas que abandonan procesos formales de estudio y después continúan alrededor de los mismos temas. Algunas estudian mejor fuera que dentro y no hay contradicción alguna en ello. Lo delicado aparece cuando se deja precisamente el lugar donde todavía existía corrección y se conserva la seguridad construida durante el periodo anterior.
Antes había alguien enfrente diciendo: vuelve a leerlo, falta fundamento, esa interpretación no se sostiene, hay que hacerlo otra vez.
Después puede haber una audiencia que responde en segundos y un tema nuevo disponible apenas el anterior se vuelve difícil. Nadie obliga ya a permanecer tres meses sobre una misma cuestión. Hoy se habla de alquimia, mañana de Jung y la semana siguiente de símbolos masónicos. El reconocimiento puede llegar mucho antes que la comprensión y, una vez que llega, resulta difícil renunciar a él.
La advertencia más importante está dirigida hacia adentro. Es demasiado sencillo observar a quien salió y concluir que ése es el riesgo. También se puede permanecer veinte años en una institución y abandonar el estudio en el tercero. Después quedan cargos, antigüedad, anécdotas y explicaciones heredadas. Se aprende a moverse perfectamente dentro de la forma mientras el pensamiento dejó de avanzar hace mucho.
Irse no demuestra ignorancia. Quedarse tampoco demuestra comprensión.
Un grado señala un recorrido dentro de una estructura; no vuelve correcta una interpretación. Un cargo otorga una función y una responsabilidad, pero obliga todavía a justificar lo que se afirma. La antigüedad empieza a ser un problema cuando se utiliza para cerrar una discusión que debería resolverse con argumentos.
En ese punto cobra sentido una frase que atraviesa todo este texto: LA METAFÍSICA PUEDE CONVERTIRSE EN EL REFUGIO PERFECTO DEL HOMBRE QUE NO QUIERE ENFRENTARSE CON SU MATERIA.
La materia no termina en el cuerpo o en el dinero. Está en una deuda que sigue creciendo, en una responsabilidad mal administrada, en el uso que alguien hace de una pequeña cuota de poder, en una promesa que cambia según la conveniencia o en una organización que pierde personas mientras quienes la conducen siguen explicando que el problema siempre viene de afuera.
Un dirigente puede hablar con enorme elegancia de fraternidad y humillar sistemáticamente a quien depende de él. Otro puede disertar sobre disciplina y cambiar sus propios compromisos cada semana. Son contradicciones bastante menos misteriosas que una correspondencia alquímica y, sin embargo, trabajar sobre ellas suele costar mucho más.
De ahí otra idea que conviene conservar: el esoterismo sin exoterismo produce fantasía.
Exoterismo se usa aquí de manera deliberadamente práctica, como el plano exterior donde una interpretación encuentra resistencia: historia, recursos, conducta, relaciones de poder, administración, resultados. Sirve para recordar que una idea necesita algún lugar donde pueda fallar.
El materialismo dialéctico obliga a quedarse ahí bastante tiempo. Pregunta quién decide, quién recibe, quién absorbe el costo, qué estructura reproduce una conducta y qué contradicciones aparecen dentro de ella. También mira al individuo dentro del contexto sin convertirlo en alguien incapaz de responder por sus decisiones.
Una organización puede premiar obediencia durante años, castigar toda discrepancia, confundir antigüedad con capacidad y después sorprenderse cuando llega al mando una persona que interpreta cualquier crítica como insubordinación. La conducta de ese dirigente tiene responsabilidad propia, pero la estructura colaboró en producir las condiciones donde pudo prosperar. Si sólo se mira al dirigente, una parte del problema queda intacta dentro de la propia estructura.
Freud vuelve a ser útil desde otra dirección: Los motivos personales aprenden rápido el lenguaje necesario para parecer respetables.
El resentimiento puede presentarse como defensa de la justicia; una enorme necesidad de reconocimiento consigue hablar de servicio y el deseo de controlar a otros encuentra vocabulario suficiente dentro del liderazgo. Con los años, quien construyó esa explicación puede terminar creyéndola de buena fe.
El símbolo tiene una utilidad completamente distinta cuando rompe esa comodidad. Jung entendió que ciertos contenidos no llegan de manera limpia por una explicación racional y que una imagen o un mito pueden poner enfrente algo que todavía no había encontrado palabras. Trabajarlo así exige tolerar que aparezca algo poco agradable. Si el símbolo sólo sirve para confirmar una identidad ya construida —“soy esto”, “represento aquello”, “he alcanzado tal nivel”— termina integrado al decorado y la conducta sigue prácticamente igual.
El Arte Real Masónico tendría que operar con una exigencia bastante concreta. Después de años de formación alguna capacidad debería funcionar mejor que antes: sostener una decisión cuando deja de entusiasmar, administrar recursos con mayor criterio, escuchar una crítica sin convertirla inmediatamente en agresión, conducir un conflicto sin destruir al otro o reconocer un error antes de que todos tengan que pagar por él.
No se esperan hombres impecables. Sería ridículo. Pero después de diez años cabe mirar algo más que el repertorio de palabras, signos y explicaciones adquiridas. Puede existir aprendizaje sin que haya una transformación equivalente.
La apertura a lo trascendente conserva su lugar. Hay preguntas que no sabemos responder y sería extraño pensar que la realidad termina justo donde termina nuestra capacidad actual para medirla. Lo serio consiste en no llenar automáticamente esos espacios con cualquier explicación disponible. Esto lo sabemos; esto apenas lo suponemos; esto sigue abierto. Mantener esas tres categorías separadas exige disciplina.
El misterio soporta perfectamente que se le deje sin resolver durante un tiempo. Empieza a deteriorarse cuando se utiliza para proteger una idea de cualquier corrección.
El refugio de lo oculto comienza cuando lo desconocido se utiliza para no enfrentar lo que ya está suficientemente claro. Puede ser un dirigente que utiliza su cargo para alimentar una necesidad personal, alguien que habla de dominio propio mientras no consigue cumplir una obligación sencilla o una organización que lleva años repitiendo las mismas decisiones y ha construido una explicación magnífica para demostrar que el problema siempre está afuera.
Es menos espectacular que un secreto antiguo y bastante más difícil de trabajar.
¿Cuánto de lo oculto se busca realmente para comprender mejor la realidad y cuánto se utiliza para evitar aquello que la realidad lleva tiempo mostrando?





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