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Libertad.

La libertad se ha convertido en una de las palabras más utilizadas, trilladas, manoseadas y menos examinadas de nuestra época. Todos hablan de ella. Los políticos la prometen. Las empresas la venden. Los gurús la convierten en frase motivacional. Las redes sociales la disfrazan de consumo. “Sé tú mismo.” “Haz lo que amas.” “Rompe las reglas.” “Piensa diferente.” Como si la libertad fuera una emoción privada, una sensación interna o una simple decisión mental que aparece automáticamente cuando alguien la desea con suficiente intensidad. Y algunas agrupaciones la usan como emblema sin involucrarse realmente con su significado material. La palabra termina convertida en adorno. Otra frase heroica colocada sobre el escudo de un estandarte que pocos están dispuestos a llevar hasta sus últimas consecuencias.


Pero basta observar la realidad unos minutos para notar la fractura entre la idea y los hechos.


Un hombre trabaja doce horas al día en algo que detesta porque necesita pagar deudas. Otro puede rechazar proyectos, viajar, estudiar o retirarse temporalmente porque posee capital, redes, tiempo y estructura. Ambos pueden repetir la misma frase: “soy libre”. Sin embargo, la capacidad real de acción entre uno y otro no tiene punto de comparación.


Justo allí nace una pregunta dura que el discurso moderno evita porque despedaza demasiadas ilusiones: ¿la libertad es realmente una elección… o depende del poder material que una persona tiene para actuar sobre su entorno?


La corriente filosófica idealista parte, en términos generales, de una idea seductora: que todo comienza en la mente, que la realidad exterior y palpable es consecuencia de una fuerza interior previa, y que basta modificar pensamientos, vibraciones, hábitos o actitudes para transformar la vida. El individuo contemporáneo fue entrenado para creer que todo depende de su voluntad consciente. Si fracasa, “pensó mal”. Si no logra salir adelante, “no quiso suficiente”. Si permanece atrapado, “no trabajó en sí mismo”. La culpa se vuelve íntima, aunque la causa muchas veces sea estructural.


Sé que alguno podría pensar en ciertos principios herméticos y señalar una contradicción. No la hay necesariamente. El problema no está forzosamente en el principio, sino en su lectura literal. Muchos de esos enunciados fueron escritos en clave metafórica, no como recetas mecánicas para negar la materia. El error aparece cuando la metáfora se queda en idea y no desciende a conducta, método, disciplina y acción concreta. Dicho de otro modo: una cosa es comprender que la conciencia participa en la forma en que el ser humano ordena e interpreta su realidad; otra muy distinta es afirmar que la mente, por sí sola, sustituye el cuerpo, el tiempo, el dinero, la clase social, la historia familiar y las condiciones materiales. El maestro, al menos en teoría, tendría que ser capaz de bajar la metáfora idealista al acto concreto, material y dialéctico. Sin ese descenso, el principio alto se vuelve frase bonita. Y ese será otro tema.


Las fórmulas idealistas son seductoras porque simplifican el problema. Convierten sistemas complejos en frases fáciles de vender. Eliminan historia, clase social, educación, contexto familiar, economía, salud mental, redes de poder y condiciones materiales. Todo queda reducido a una narrativa emocional donde el individuo parece dueño absoluto de sí mismo.


Pero la realidad es otra.


Y la realidad, al final, exista o no fe en ella, termina imponiéndose.


Marx postuló algo que todavía muchos prefieren evitar: el individuo no aparece flotando en el vacío. Nace dentro de estructuras económicas, culturales y sociales que delimitan desde el inicio el campo de sus posibilidades.

La conciencia no surge aislada de la materia. Surge dentro de ella. La manera en que una persona piensa, desea, interpreta y actúa está atravesada por las condiciones concretas en las que vive: sociales y biológicas.


Eso no significa que el individuo sea un robot sin responsabilidad. Significa algo más fuerte: la libertad tiene límites materiales.


La materia condiciona, pero no determina por completo. También existe el contexto fisiológico: carga hereditaria, configuración neurológica, desarrollo biológico, química cerebral y múltiples factores que el individuo ni siquiera eligió al nacer. Dos individuos pueden nacer dentro de contextos similares y aun así responder de manera distinta frente a ellos. Uno puede desarrollar criterio, disciplina y dirección. Otro puede hundirse incluso teniendo más recursos. El condicionamiento existe, pero no elimina por completo el margen de acción; lo reduce, lo deforma, lo dificulta y lo distribuye de manera desigual. Y precisamente por eso la responsabilidad no desaparece: cambia de tamaño según las condiciones reales desde las cuales cada individuo actúa.


Un hombre con hambre no piensa igual que un hombre con estabilidad. Un sujeto criado en violencia no responde igual que alguien formado en orden. Una persona endeudada no decide igual que alguien con patrimonio. La voluntad existe, relativamente sí. Pero se mueve dentro de márgenes concretos.


Por eso la libertad no puede entenderse únicamente como derecho abstracto. Debe entenderse como capacidad real de ejecución.


No importa cuánto repita alguien que es libre si no tiene tiempo propio, recursos suficientes, estabilidad emocional, conocimiento útil, dominio de sí mismo o margen para actuar sin ser aplastado por la necesidad inmediata. La diferencia entre imaginar y ejecutar es precisamente el espacio donde aparece el poder real de acción.


Y el poder nunca ha estado distribuido de forma homogénea.


Aquí surge la contradicción que  intenta suavizar constantemente el discurso contemporáneo: quien controla los medios de producción amplía su libertad material, mientras quien depende exclusivamente de vender su tiempo o su fuerza laboral vive dentro de límites mucho más estrechos. La separación entre clases no es solamente económica. También es psicológica, cultural, existencial y biológica.


La universidad es una muestra clara de ello.


Dependiendo del presupuesto, de las redes sociales y económicas a las que se tiene acceso, de la presión por sobrevivir, de la alimentación recibida desde la infancia y del entorno del que se proviene, la formación cambia de manera radical. No aprende igual una mente alimentada que una mente desnutrida. La población de escasos recursos no parte solo con menos libros, menos contactos o menos tiempo; muchas veces parte desde una pendiente biológica más pronunciada, con cuerpos sometidos a carencias acumuladas, cansancio crónico, estrés constante y menor margen para concentrarse, retener y elaborar pensamiento complejo. Incluso la llamada “deformación académica” suele responder más a las condiciones materiales del sistema que a una supuesta incapacidad individual. Hay instituciones que forman criterio. Otras únicamente producen mano de obra técnicamente funcional y emocionalmente agotada.


El individuo con recursos puede equivocarse varias veces sin destruir su vida. El que vive al día muchas veces no tiene margen ni para un solo error. Uno posee capacidad de reorganizar su realidad. El otro apenas alcanza a sobrevivir dentro de ella. Por eso resulta ingenuo hablar de libertad sin hablar de poder material.


Y sin embargo, incluso ahí, el problema todavía no termina. Porque el hombre no solo está condicionado por la economía. También está condicionado por aquello que ocurre dentro de su propia psique, por los impulsos que no reconoce, por las heridas que repite, por los miedos que disfraza de decisiones y por las obediencias internas que confunde con voluntad.


Freud abrió una grieta difícil de cerrar: el ser humano no decide desde un territorio completamente consciente.

Muchas veces primero desea, teme, repite o se protege… y después construye una explicación racional para sentirse dueño de lo que hizo.


Lacan llevaría el golpe todavía más lejos: el individuo cree hablar con voz propia, mientras gran parte de su pensamiento ya fue moldeado por aquello que lo rodea.

Esta postura afirma que el sujeto ni siquiera se constituye de manera plenamente autónoma, sino atravesado por lenguaje, deseo y estructuras que existían antes de él.


La mayoría de las personas cree decidir racionalmente. Pero habría que detenerse un poco: ¿qué llamamos racionalidad? Muchas veces no es pensamiento claro, sino una explicación ordenada que aparece después del impulso, una forma elegante de justificar lo que ya fue decidido por miedo, deseo, herida o necesidad de pertenencia. Una parte enorme de las elecciones humanas nace desde impulsos inconscientes, heridas infantiles, necesidades afectivas, miedo al abandono, deseo de aprobación, resentimiento acumulado o compulsiones que la persona ni siquiera comprende.


El hombre que asegura amar la libertad puede pasar la vida obedeciendo patrones invisibles, reforzados por la educación que recibió, por la familia que lo formó y por el mundo que le enseñó qué debía desear. En ese sentido, incluso los hijos rebeldes, cuando su rebeldía no es simple capricho sino ruptura consciente con lo heredado, pueden representar una posibilidad real de evolución: alguien tiene que interrumpir la repetición de los errores familiares.


Hay quien cambia constantemente de pareja y lo llama libertad, aunque en el fondo no soporte la intimidad. Hay quien trabaja sin descanso y lo llama disciplina, aunque tal vez solo esté huyendo de quedarse a solas consigo mismo. Hay quien presume independencia mientras vive pendiente de la aprobación ajena. Hay quien habla de espiritualidad porque mirar de frente su vacío le resultaría demasiado pesado.


La modernidad hizo del autoengaño una industria rentable.


Con ese panorama, la pregunta ya no necesita introducción: si el individuo está limitado por estructuras materiales y además atravesado por impulsos inconscientes, ¿qué tan libre es realmente?


Aquí muchos intentan escapar hacia discursos espirituales fáciles: “todo es mente”, “todo depende de la percepción”, “la realidad la creas tú”. La clásica: aunque alguien esté encerrado en una mazmorra, con pan y agua como única posesión, todavía “puede ser libre en su pensamiento”. Pero la acotación revela la trampa: aunque sea en pensamiento.


Pero la pregunta aparece casi sola: si la libertad queda reducida al último rincón interior que no puede ser tomado por completo, ¿estamos hablando de libertad o de consuelo? Y si la libertad está limitada hasta ese punto, ¿sigue siendo libertad en sentido pleno o apenas una forma mínima de resistencia frente al hecho material de la mazmorra?


Todas estas son frases atractivas porque devuelven una sensación inmediata de control. El problema es que muchas veces funcionan como anestesia filosófica.


No. No todo es mente.


Porque incluso aquello que muchas personas llaman “libre decisión” muchas veces ya llega condicionado desde antes: por la biología, color de piel, estatura, peso, idioma, por la educación formal e informal, por el miedo, por la necesidad económica, por el deseo de pertenecer, por el entorno cultural y por impulsos que ni siquiera alcanzan a reconocerse plenamente. El individuo siente que elige libremente, pero gran parte de aquello que considera “su voluntad” ya venía moldeado mucho antes de que apareciera la sensación consciente de haber decidido.


No lo olvidemos, la mente tampoco es completamente dueña de sí misma.


La persona que vive ansiedad crónica no la resuelve diciendo “piensa positivo”. Las frases de “pare de sufrir” solo adormecen una realidad que tarde o temprano vuelve a cobrar factura. El sujeto destruido por años de violencia familiar no reorganiza su estructura interna con afirmaciones motivacionales. El trabajador explotado no rompe sus límites únicamente cambiando vibraciones. La libertad romántica sirve muy bien para vender libros, cursos y discursos de escenario. Pero jamás para transformar la realidad.


Por eso el problema de la libertad debe analizarse desde varios niveles al mismo tiempo.

  • Existe una dimensión material: recursos, propiedad, tiempo, acceso, estabilidad, educación, salud y estructura.

  • Existe una dimensión psicológica: compulsiones, inconsciente, trauma, deseo, miedo y repetición.

  • Existe una dimensión política: quién controla los medios, quién dirige instituciones, quién establece reglas y quién puede modificar condiciones reales.

  • Y existe también una dimensión moral: qué hace el individuo con el margen de libertad que sí posee, aunque ese margen sea desigual, limitado y muchas veces estrecho.


Incluso dentro del condicionamiento siguen existiendo diferencias enormes entre personas. Por eso hablar de libertad no es tan simple. No basta decir “soy libre” ni tampoco basta decir “todo me determina”. Entre ambas frases se encuentra el verdadero problema: cuánto margen real tiene una persona, qué fuerzas la condicionan y qué hace con la parte de acción que todavía le pertenece.


Algunos utilizan el poco margen que tienen para construir. Otros utilizan incluso grandes privilegios para destruirse. Hay individuos nacidos en condiciones durísimas que desarrollan criterio, disciplina y dirección. Y también existen sujetos llenos de recursos incapaces de gobernarse a sí mismos. La materia determina el campo de posibilidad; no decide mecánicamente cada respuesta individual.


Ahí aparece otra contradicción moderna: la sociedad habla constantemente de libertad, pero fabrica individuos cada vez más dependientes; dependientes de algoritmos, estímulos inmediatos, consumo emocional, entretenimiento constante, aprobación digital y gratificación instantánea. Nunca hubo tanta capacidad tecnológica y, al mismo tiempo, tanta incapacidad para permanecer en silencio diez minutos sin ansiedad.


Eso también es pérdida de libertad.


El hombre contemporáneo muchas veces no domina ni siquiera su atención. Su tiempo ya fue capturado. Sus deseos son dirigidos por mercados. Sus impulsos son estudiados por plataformas digitales mejor de lo que él mismo se comprende. El mercado descubrió hace tiempo que no necesita imponer cadenas visibles; le basta producir dependencia cómoda.


Por eso la discusión real ya no es solamente “Estado contra mercado”, como si fueran dogmas absolutos. La pregunta es otra: ¿qué tipo de ser humano produce cada sistema y quién concentra la capacidad real de decisión dentro de él? Porque el capitalismo neoliberal tiende naturalmente a concentrar recursos, información y capacidad de acción en sectores cada vez más pequeños. Y cuando los medios quedan concentrados, también se concentra la libertad material.


No todos pueden elegir igual cuando unos poseen infraestructura y otros apenas sobreviven dentro de ella; cuando unos difícilmente llegan a fin de mes con el pago de una renta, mientras otros convierten las necesidades primarias en negocio permanente.


Maslow lo vio desde otro lenguaje: primero aparece el hambre, el techo, la seguridad, el cuerpo.

Quien controla esas necesidades controla buena parte del margen de libertad de quien las padece.


Tampoco basta romantizar modelos colectivistas sin más. La historia mostró que el control absoluto del aparato estatal también puede destruir libertades reales cuando la burocracia sustituye al criterio y la obediencia reemplaza la conciencia.


El problema no es elegir entre mercado absoluto o Estado absoluto. El punto es poner el mercado al servicio del Estado y no al Estado al servicio de mercados ajenos a él. Tampoco se reduce al número de manos que concentran los medios, sino a la calidad de esas manos, a su preparación, a su moral, a su capacidad de conducción y al fin que persiguen. El mercado sin dirección convierte la necesidad en negocio. El Estado sin criterio puede convertir la organización colectiva en obediencia burocrática. En ambos casos, la libertad se reduce cuando los medios dejan de servir al desarrollo real de la mayoría.


Por eso el problema no se resuelve con consignas simples.


El punto de fondo es otro: cómo organizar una sociedad donde los medios permitan ampliar la capacidad real de acción de la mayoría sin destruir la responsabilidad individual ni reemplazar al sujeto por maquinaria ideológica.


Antes de seguir, hace falta fijar una definición provisional: la libertad absoluta no existe. La libertad no es ausencia de límites ni simple derecho a elegir. Toda libertad nace acotada por el cuerpo, el tiempo, el lenguaje, la biología, la clase social, la historia familiar, las condiciones materiales disponibles, el lugar que se ocupa dentro de la estructura social, el dominio que se tiene sobre la propia conducta, el acceso real a medios de acción y el grado de conciencia con que una persona reconoce las fuerzas que la determinan. Libertad es la capacidad real, consciente hasta donde sea posible y organizada de actuar sobre la realidad sin quedar reducido a necesidad, impulso, ignorancia, dependencia o mandato ajeno. La cuestión no es vivir sin límites. Eso nunca ha existido. La cuestión es distinguir qué límites forman y cuáles someten, incluyendo la historia y el devenir histórico de esos mismos límites.


Un músico necesita disciplina para improvisar. Un científico necesita método para descubrir. Un cuerpo necesita entrenamiento para ampliar sus capacidades. Incluso el pensamiento requiere estructura para no convertirse en ruido. La idea moderna de libertad como eliminación de toda restricción termina produciendo individuos incapaces de gobernarse. La disciplina no contradice necesariamente la libertad; en ciertos casos la hace posible.


Un hombre esclavo de sus impulsos no es libre.


Un sujeto incapaz de terminar nada tampoco.


El individuo que depende emocionalmente de la aprobación colectiva vive reaccionando, no decidiendo.


Pero tampoco basta con decirle que “piense diferente”, porque la libertad no se fabrica desde la mente. Requiere fuerza interior, sí, pero principalmente condiciones exteriores. Requiere conciencia, pero también medios. Requiere voluntad y esta solo s ve manifestada mediante la capacidad real de ejecución.


La masonería utiliza con frecuencia la palabra libertad, pero su uso no basta. Antes habría que precisar de qué libertad se habla: emocional, política, económica, moral, espiritual o material. También habría que preguntarse qué libertad pretendemos ejercer y en qué medida nuestra capacidad económica, familiar, física y moral nos permite ejercerla realmente. Según la respuesta, cambia también el tipo de hombre que se pretende formar.

Quizá por eso muchas personas no quieren libertad; quieren comodidad psicológica.


Quieren sentir que eligen mientras otros piensan por ellas. Quieren conservar hábitos, dependencias y excusas sin mirar las estructuras que gobiernan su vida. En el fondo, muchas veces la frase no dicha es esta: elijo que decidan por mí.


La libertad real tiene costo porque pide mirar las propias cadenas, reconocer condicionamientos, aceptar responsabilidad sobre el margen de acción que sí existe y dejar de culpar únicamente al exterior, sin caer tampoco en el delirio de que todo depende de la mente.


La libertad no empieza cuando alguien grita “hago lo que quiero”. Empieza cuando comprende qué lo determina en el mundo material y psíquico, quién se beneficia de su forma de actuar y pensar, qué partes de sí mismo siguen obedeciendo sin darse cuenta y qué poder real posee para transformar las condiciones concretas de su existencia.


¿Cuántas de las decisiones que hoy parecen propias… realmente lo son?

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