La partida interior lee la obra de Retzsch como una caída en tres actos: primero, el hombre acepta jugar lo que nunca debió poner en riesgo; después, confunde movimiento con control y despierta cuando ya es tarde; al final, descubre que el verdadero adversario no estaba afuera, sino dentro de sí. La pintura se vuelve así un juicio sobre el individuo y sobre toda institución que normaliza el error hasta quedar en jaque mate.